No compre en la Samuelito

Hoy retomo el blog, después de mucho tiempo sin escribir; y lo hago verdaderamente indignado, pero confiado en que podemos hacer escuchar nuestra voz, y podemos contribuir a humanizar un poco la sociedad.

Hoy fui testigo de un acontecimiento verdaderamente lamentable, y quiero compartirlo con todos ustedes: Venía caminando hoy temprano por San José, junto a mi madre y mi novia, luego de pasar la noche en una actividad en el Estadio Nacional. Cuando pasamos junto a la Panadería "Samuelito" (ubicada 100 metros al norte del Edificio de Correos en San José Centro, más exactamente en calle 2, avenida 3) decidimos comprar algo de pan para el desayuno. Y ahí fue donde sucedió todo.

Estaban varias personas esperando por sus compras en esta panadería cuando se aproximó un indigente, pidiendo de mano en mano alguna moneda o algo para comer. El hombre no pidió nada a ningún funcionario de la panadería, sino que pedía a quienes transitaban por ahí. Una empleada de la panadería en cuestión, como si se tratará de "espantar un perro" le dijo al hombre que se fuera, sin embargo, eso no fue lo peor. El "administrador" del lugar, sin tan siquiera esperar a ver si el indigente se iba a ir, tomó las pinzas con las que se sirve el pan y las aventó violentamente al indigente como si no se tratara de una persona, sino de un animal molesto que se debía desalojar sin importar la forma. Al tirar un instrumento de aluminio con toda fuerza, a una distancia de escasos metro y medio, efectivamente golpeó y lastimó al indigente, quien se fue lamentándose del golpe recibido.

Inmediatamente le reclamé al funcionario por lo que había hecho, y me respondió - literalmente - que a mí no me importaba. Le pregunté quien era el encargado del lugar y me dijo que él, pero que no me daría el nombre porque no me importaba lo que había pasado.

Una persona, a pesar de su condición de indigente, es -justamente- una persona, que no merece ser agredido ni denigrado por su condición. Y por otro lado, ¿cómo podemos quedarnos impasibles ante un "administrador" que no respeta a un cliente y que agrede sin compasión a alguien?

Obviamente no compré nada en ese lugar, y decidí no volver a adquirir nada en esa panadería. Por eso, aquí les hago un llamado, si en algún momento pasa por ese lugar y quiere comprar pan o repostería, hágalo en alguna de las otras dos panaderías que hay en esa cuadra; y por otro lado, demos a conocer este tipo de casos, para que tomemos conciencia y - ojalá - este inhumano que labora como administrador de panadería, tenga que pagar las consecuencias de sus actos.


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Tu mano en mi pecho

Tomados de la mano entramos en nuestra habitación, y dejamos que los besos y las caricias pongan en el olvido el frío que sentíamos estando fuera. Ahora en nuestro recinto hemos olvidado la lluvia torrencial que irrumpe contra la ciudad que apenas y sobrevive. Rápidamente, lamentando cada segundo en que mis labios no están junto a los tuyos, cierro la puerta y con ella cualquier vínculo con el exterior, ahora solo existimos tú y yo.

Con un gesto sugerente te observo dirigirte a la cama, y leyendo en tus ojos el deseo que se desborda en los míos te sigo, observando con detalle cada movimiento y recreando en mi mente la perfección de tu cuerpo, la delicadeza de tus movimientos y la seducción de tu mirada.

Con tus manos dirigiendo las mías a través de tu cuerpo, y tu mirada de aprobación en cada movimiento hecho, mis sentidos se llenan con la percepción de la suavidad de tu piel, el calor de tu cuerpo, el sabor de tu boca, la profundidad de tu mirada y la delicia de tu aroma. Todo ello me embarga, conforme las prendas escasean en nuestros cuerpos y sobran en el piso.

Llueve a mares, afuera el frío glacial congela las almas que solitarias deambulan por las calles. Mientras acá, en nuestra habitación el amor, y con él el calor se pueden tocar en el aire, acá el frío no afecta la desnudez de nuestra piel.

Entre juegos y ternura recorro tu piel desnuda, descubro con atención y esmero, cual niño ante un paisaje que visita por primera vez, tu cuerpo desnudo que descansa sobre la cama, confiado y lleno de amor para mí. Tu piel me lanza la constante invitación a cubrirla con mis besos, y con obediencia ciega me dedico entusiasmado a tal tarea maravillosa. Nuestros cuerpos unidos pactan el amor que nos embarga, que nos entrega, que nos hace un solo ser y un solo corazón.

Y así, en esta tarde lluviosa, "tu mano sobre mi pecho es mía, ... [y] se cierran tus ojos con mi sueño"*... Y así, en esta tarde lluviosa, somos un solo ser...

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* tomado del Soneto XVII de Pablo Neruda, 1959.

Al cabo de unos meses...


Segundos. Minutos. Horas. Días... Meses. El tiempo es un verdadero soldado: imbatible, incansable, indestructible. Él sólo, a pequeños pasos marcados por el segundero, acumula en su espalda el peso del devenir, y con él llega a nuestra vida un sinnúmero de experiencias: alegría, tristeza, euforia, nostalgia, resignación, optimismo. Uno a uno se acumulan a nuestra experiencia y nos hacer ser quienes somos.

Hoy, hago un alto en mi camino, y miro en retrospectiva. ¡La vida cambia tanto en tan poco tiempo! Aunque de momento resulta increíble, sí se puede pasar del infierno mismo al cielo en tan sólo unos cuantos meses. Cambia la forma de verla, cambia la forma de percibirla; y miles de cosas cambian de significado y toman un nuevo valor.

Hoy miro agradecido como mi vida ha cambiado, como se ha llenado de luz y de bendición, cómo una persona ha dado alegría en donde no esperaba nada, como ha reconstruido con amor áreas antes colapsadas.

Seis años fueron necesarios para vivir este momento, y seis meses (que parece tanto y tan poco a la vez, porque parece que fue ayer, pero parece que fuera de toda la vida) no me alcanzan para acabar de disfrutar, de agradecer, de vivir y de amar esta nueva experiencia.

Y hoy doy gracias, a Dios por dirigir el camino en primer lugar y a ti, por trascender los sueños, por ser real, por existir y por tomar día a día una decisión tan importante.

Para ti, mi amor, por estos seis meses de incontable alegría.

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Lluvia


Me siento a ver la lluvia caer. Siempre me ha gustado hacerlo, me trae una extraña mezcla de tristeza y nostalgia.

Me siento a ver la lluvia caer. Ahora parece que soy yo quien le presta la tristeza a la lluvia, la invito a beber de ella pues a mí me sobra.

Me siento a ver la lluvia caer, y ya no distingo si llueve más afuera o adentro, las lágrimas como un caudal corren a juntarse con las lágrimas de la lluvia.

Me siento a ver la lluvia caer, y junto con la lluvia veo como mi vida se derrumba.


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Encuentro

El reloj en su trabajoso paso dio las 5 de la mañana, y con él, la alarma empezó su concierto de silbidos dispuesta a lograr sacarlo del sueño y de la cama. Tranquilamente el hombre se levantó, frotó sus manos y su cara, apagó la alarma y en silencio se dispuso a iniciar su día. Mentalmente recorrió todas las obligaciones consignadas en su agenda mientras que elevaba un agradecimiento al cielo por un nuevo despertar.

Luego de posponer en dos ocasiones por cinco minutos el sonido de la alarma, se levantó súbitamente, al constatar que ya se le hacía tarde para su trabajo. Mientras se acicalaba, contempló su figura en el espejo. Era una mujer joven y bella, muchas veces había escuchado que ningún hombre se podría resistir a ella. Hoy era el día esperado; es cierto, apenas eran las 6 de la mañana, y aún tenía que esperar hasta las 5 de la tarde, pero hoy lo vería; hoy tenía una cita con él. ¿Sería acaso que él tampoco podría resistirse a ella?

Amaba su trabajo. Se había preparado por mucho tiempo para estar capacitado para realizarlo. Cada día lo realizaba con dedicación y sinceridad, lo que ocasionaba que cuando ya la noche iba muy avanzada él cayera rendido sobre su cama, pero con una sonrisa en el rostro por la labor realizada. Hoy tenía mucho por hacer, y en medio de todo atender una cita con una hermosa mujer.

Ya en su oficina, no podía concentrarse en nada más que en el reloj. Hoy, peor que nunca, parecía que le tomaba más trabajo al minutero completar una vuelta de 60 pasos. Mientras pasaba su día en medio de reuniones, tareas urgentes, papeles y todas las demandas cotidianas para una joven profesional y exitosa como lo era, ella se deleitaba en recordarlo, en imaginar qué hacia, y -por encima de todo- en qué le diría hoy, que por primera vez estarían cerca.

Él se dedicó a una labor que consideraba muy importante entre todas sus tareas. Ella dispuso no llegar muy temprano a la cita, tampoco quería que él notara lo que ansiaba estar a su lado. Él escuchó con atención a las personas que le hablaban. Ella volvío a elaborar en su mente todo lo que quería decirle.

Por fin estuvieron uno frente a otro. Ella no podía ocultar la emoción. Él se mostraba tan neutral como siempre. Le pidió que empezara a hablar. Y ella, diligentemente, lo hizo. Le contó cómo lo había visto por primera vez, cómo había estado cerca de él aunque él no la pudiera reconocer en medio de la gente; le contó cómo había llegado a enamorarse de él.

La expresión de su rostro dejó de ser neutral. Se mostraba completamente sorprendido. Él intentó explicar lo imposible de su amor, pero ella lo interrumpía diciéndo que nada de eso le importaba. Él mantuvo la negativa, y tuvo que voltear su mirada cuando las mejillas de ella eran surcadas por tristes lágrimas. Ella intentó abrazarlo, pero él se apartó para impedirlo. La conversación había terminado, un incómodo silencio era la muestra más clara.

Por último el hombre le dijo: --"La bendición de Dios Todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo esté contigo y te acompañe siempre". Se levantó lentamente, acomodó su cuello romano en el alzacuellos y se retiró del templo...

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Auto-análisis

Diligentemente se dirigió a su habitación y se sentó al escritorio, tomó un papel y un bolígrafo y se dispuso a escribir; normalmente hubiera sido mucho más fácil y práctico sentarse frente al monitor y al teclado del ordenador, pero en eso -como en muchas otras cosas- seguía prefiriendo los "medios tradicionales".

Se sentó a escribir. Frente a sí la hoja en blanco se presentaba como el lienzo ante un pintor. Sin embargo, hoy no se había sentado a escribir uno de sus cuentos o a continuar la novela inconclusa que algún día lo haría famoso, hoy necesitaba analizarse, hoy necesitaba dejar claro su propio pensamiento.

Esa necesidad imperante la había desatado una frase recién leída. Era curioso, amaba las palabras, gustaba expresarse con ellas, incluso ahora que necesitaba entender su propia cabeza recurría a ellas; y, sin embargo, habían sido algunas palabras las que lo había hecho tambalear.

Re-leyó otra vez la frase, las palabras, las letras, con sus comas y tildes. Una marea de sentimientos y emociones lo recorrió de nuevo desde la cabeza hasta los pies. El bolígrafo, cual ágil pluma de escribano, estaba próximo a extender su trazo sobre el inmaculado papel. Se detuvo, meditó. ¿Estaba libre de pecado para arrojar él la primera piedra? Una nueva lectura de la frase lo hizo ver que lo que leía era eco de él mismo. Cada palabra, con sus comas y tildes representaban palabras que él mismo había dicho a otra persona. ¿Por qué ahora le parecían un crimen tan atroz?, ¿por qué sentía que a él sí le era permitido utilizarlas?

Se sintió pequeño y débil. La inseguridad y el temor como un mar tempestuoso amenazaba con ahogarlo. No tenía sentido culpar a nadie, sin duda sus miserias eran propias, él mismo las había permitido crecer, ahora se volvían en su contra y lo intimidaban.

La hoja se mantenía incorrupta. El bolígrafo decidió guardar silencio y cayó derrotado sobre el escritorio. Hoy la blancura del papel sólo recogería su caudal de lágrimas de impotencia.