Encuentro

El reloj en su trabajoso paso dio las 5 de la mañana, y con él, la alarma empezó su concierto de silbidos dispuesta a lograr sacarlo del sueño y de la cama. Tranquilamente el hombre se levantó, frotó sus manos y su cara, apagó la alarma y en silencio se dispuso a iniciar su día. Mentalmente recorrió todas las obligaciones consignadas en su agenda mientras que elevaba un agradecimiento al cielo por un nuevo despertar.

Luego de posponer en dos ocasiones por cinco minutos el sonido de la alarma, se levantó súbitamente, al constatar que ya se le hacía tarde para su trabajo. Mientras se acicalaba, contempló su figura en el espejo. Era una mujer joven y bella, muchas veces había escuchado que ningún hombre se podría resistir a ella. Hoy era el día esperado; es cierto, apenas eran las 6 de la mañana, y aún tenía que esperar hasta las 5 de la tarde, pero hoy lo vería; hoy tenía una cita con él. ¿Sería acaso que él tampoco podría resistirse a ella?

Amaba su trabajo. Se había preparado por mucho tiempo para estar capacitado para realizarlo. Cada día lo realizaba con dedicación y sinceridad, lo que ocasionaba que cuando ya la noche iba muy avanzada él cayera rendido sobre su cama, pero con una sonrisa en el rostro por la labor realizada. Hoy tenía mucho por hacer, y en medio de todo atender una cita con una hermosa mujer.

Ya en su oficina, no podía concentrarse en nada más que en el reloj. Hoy, peor que nunca, parecía que le tomaba más trabajo al minutero completar una vuelta de 60 pasos. Mientras pasaba su día en medio de reuniones, tareas urgentes, papeles y todas las demandas cotidianas para una joven profesional y exitosa como lo era, ella se deleitaba en recordarlo, en imaginar qué hacia, y -por encima de todo- en qué le diría hoy, que por primera vez estarían cerca.

Él se dedicó a una labor que consideraba muy importante entre todas sus tareas. Ella dispuso no llegar muy temprano a la cita, tampoco quería que él notara lo que ansiaba estar a su lado. Él escuchó con atención a las personas que le hablaban. Ella volvío a elaborar en su mente todo lo que quería decirle.

Por fin estuvieron uno frente a otro. Ella no podía ocultar la emoción. Él se mostraba tan neutral como siempre. Le pidió que empezara a hablar. Y ella, diligentemente, lo hizo. Le contó cómo lo había visto por primera vez, cómo había estado cerca de él aunque él no la pudiera reconocer en medio de la gente; le contó cómo había llegado a enamorarse de él.

La expresión de su rostro dejó de ser neutral. Se mostraba completamente sorprendido. Él intentó explicar lo imposible de su amor, pero ella lo interrumpía diciéndo que nada de eso le importaba. Él mantuvo la negativa, y tuvo que voltear su mirada cuando las mejillas de ella eran surcadas por tristes lágrimas. Ella intentó abrazarlo, pero él se apartó para impedirlo. La conversación había terminado, un incómodo silencio era la muestra más clara.

Por último el hombre le dijo: --"La bendición de Dios Todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo esté contigo y te acompañe siempre". Se levantó lentamente, acomodó su cuello romano en el alzacuellos y se retiró del templo...

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Auto-análisis

Diligentemente se dirigió a su habitación y se sentó al escritorio, tomó un papel y un bolígrafo y se dispuso a escribir; normalmente hubiera sido mucho más fácil y práctico sentarse frente al monitor y al teclado del ordenador, pero en eso -como en muchas otras cosas- seguía prefiriendo los "medios tradicionales".

Se sentó a escribir. Frente a sí la hoja en blanco se presentaba como el lienzo ante un pintor. Sin embargo, hoy no se había sentado a escribir uno de sus cuentos o a continuar la novela inconclusa que algún día lo haría famoso, hoy necesitaba analizarse, hoy necesitaba dejar claro su propio pensamiento.

Esa necesidad imperante la había desatado una frase recién leída. Era curioso, amaba las palabras, gustaba expresarse con ellas, incluso ahora que necesitaba entender su propia cabeza recurría a ellas; y, sin embargo, habían sido algunas palabras las que lo había hecho tambalear.

Re-leyó otra vez la frase, las palabras, las letras, con sus comas y tildes. Una marea de sentimientos y emociones lo recorrió de nuevo desde la cabeza hasta los pies. El bolígrafo, cual ágil pluma de escribano, estaba próximo a extender su trazo sobre el inmaculado papel. Se detuvo, meditó. ¿Estaba libre de pecado para arrojar él la primera piedra? Una nueva lectura de la frase lo hizo ver que lo que leía era eco de él mismo. Cada palabra, con sus comas y tildes representaban palabras que él mismo había dicho a otra persona. ¿Por qué ahora le parecían un crimen tan atroz?, ¿por qué sentía que a él sí le era permitido utilizarlas?

Se sintió pequeño y débil. La inseguridad y el temor como un mar tempestuoso amenazaba con ahogarlo. No tenía sentido culpar a nadie, sin duda sus miserias eran propias, él mismo las había permitido crecer, ahora se volvían en su contra y lo intimidaban.

La hoja se mantenía incorrupta. El bolígrafo decidió guardar silencio y cayó derrotado sobre el escritorio. Hoy la blancura del papel sólo recogería su caudal de lágrimas de impotencia.

Caballero derrotado

Se encontraba en el suelo, se sentía derrotado. Ante su vista todo el dolor recibido volvía a emerger, a hacerse real. Su armadura, supuestamente recompuesta, seguía mostrando las heridas de batallas pasadas, por ellas aún se filtraba el dolor, por esos pequeños grandes agujeros podía penetrarle la tristeza hasta el tuétano.

Ni su rígida armadura lo mantuvo en pie, ahora era uno con el polvo que antes se sacudía victorioso de sus pies. Caía de nuevo, y como era normal, cada caída era más difícil de superar.


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Frío corazón

Despierto sobresaltado, no recuerdo con claridad lo que ocurrió, una densa niebla cubre mi mente y difumina mis vagos recuerdos. Su sonrisa malvada -mi maldición- aparece en mi mente, en el mismo momento en que el frío del suelo donde reposo transmite a mi cuerpo un escalofrío que me estremece.

En ese instante me percato de dónde estoy y de su maldita presencia. Mi cabeza descansa sobre su regazo, en donde ella -con movimientos descuidados, a veces tiernos, a veces aterradores- acaricia mis cabellos. Veo en mi mente esta tétrica escena y otro escalofrío recorre mi cuerpo.

Violentamente me pongo en pie, y con ello pongo un alto a esta grotesca imagen, ¿desde cuándo este demonio que me acompaña y llena de angustia cada una de mis noches puede también darme sociego cuando desfallezco y caigo vencido por su propia maldad?

Estoy en pie, frente a ella. Puedo contemplarla cuando vuelve a mostrar su cínica sonrisa. Puedo sentir su presencia, cada vez más real, lo que un día fue sólo una sombra es ahora un ser verdadero.

¡Maldito espectro de mujer! ¡Devuélveme la paz que una vez me robaste! Desaparece de mi camino y déjame ser el hombre feliz que una vez fui.

Me lanzo sobre ella, dispuesto a acabar para siempre con los latidos de su frío corazón. Casi la tengo prisionera en mis manos, pero ella se esfuma, recordándome que es un demonio, y que está atada a mi negro destino para toda mi vida.

Un destello -una idea- ilumina mi mente, encuentro por fin la forma definitiva de liberarme de su maldición. Desfallezco, caigo de nuevo, pero esta vez una sonrisa de victoria ilumina mi rostro. Otro escalofrío estremece mi cuerpo, no es el frío del piso, es la sangre que corre a través de él.

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Para entender mejor, puedes leer acá...

Ella sonreía...

Está junto a mí, en silencio. Muchas veces no hace más que sonreír, es justo cuando siento mi pecho apretarse y un sentimiento de desasosiego recorriéndome todo el cuerpo. Ahora sólo sonríe, hace mucho no ha vuelto a reír a carcajadas, como cuando la tristeza consumía incluso mis huesos.

Me vuelvo, observo de reojo, la veo sonreír, y la maldigo... la maldigo en secreto, entre dientes, por disfrutar de mi angustia. Maldito demonio disfrazado de mujer, que ha venido a mi lado sin ser invitada, que ríe y disfruta mis desgracias, ser de odio repugnante que no puedo tocar, que no puedo eliminar de mi vida.

Me muevo y ella me sigue, flotando en el aire con su fría y siniestra presencia que hiela el alma. Su maldita sonrisa diabólica sigue allí en su boca, como hiel y veneno que se derrama y convierte en pestilencia y muerte lo que debería ser hermoso y lleno de luz.

¿Es que no te cansas de seguirme? ¿Es que no has encontrado a alguien más a quien agobiar con tu triste presencia? ¿Es acaso que estás encadenada a mí por una broma cruel de mi destino? ¿Tendré yo que cargar con tu maldita presencia durante toda mi existencia?

Cierro mis ojos, el corazón en pedazos, quiero dejar de mirarla. Pero aún en la oscuridad sus ojos malignos, como un fuego lacerante, me lanzan una mirada que me aterroriza.

Me he declarado su enemigo en múltiples ocasiones, la he llenado de maldiciones, la he amenazado, le he prometido no descansar hasta apartarla de mi vista, y ante esto siempre obtengo la misma respuesta: esa mueca demoníaca, esa sonrisa de muerte que me persigue como una pesadilla recurrente. Si tan sólo pudiera aprisionar su cuello en mis manos y apretarlo fuerte hasta que dejara de percibir su aliento... Si tan sólo pudiera exorcizarme de su presencia.

Estoy agobiado. Mi vida no es más que una tétrica sombra que se levanta. Caigo exhausto, vencido, y me desvanezco... hoy abrazaré su sonrisa, y permitiré que su presencia me acompañe.

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Carta nunca enviada

¡Hola!, ¿cómo estás?... (Siempre uso la misma forma estúpida de empezar, ¿por qué la sigo utilizando? Como si dar un rodeo facilitara las cosas, como si posponer la razón por la que te escribo le diera un respiro a este corazón que aún no aprende a expresarse. Bueno, ahora nada importa, me corresponde seguir con el mismo tono que trata de ser casual, incluso despreocupado, como si unas letras lograran ocultar los sentimientos que se plasman con ellas...)

Espero que bien, la verdad hace mucho que no hablamos. No sé si esperabas esta carta y lo que con ella quiero decirte, incluso no sé si imaginabas que tengo -aún- algo que contarte. Algo que ni en este momento que escribo sé como decirlo

Hace mucho no hablamos (ya te lo dije ¿no?), para mí han sido como siglos de lejanía, tal vez porque extraño mucho los días en que siempre había algo que decir, tal vez porque el silencio me hace añorar el pasado, o incluso, tal vez porque el silencio me recuerda una de las últimas veces que nos vimos, cuando incluso juntos ya no habían palabras, y el silencio como una daga a sangre fría hirió mi corazón (¿recuerdas el momento del que te hablo?, el sonido del teléfono interrumpió nuestra conversación, y ya luego de eso solo hubo silencio).

Pasamos muchos momentos gratos juntos: compartimos sonrisas y alegrías, conversaciones, chats, llamadas telefónicas, mensajes de texto; no había forma que no usáramos para mantenernos en contacto. Hubo un tiempo en que muchas cosas cambiaron, radicalmente y muy a prisa, tal vez ese fue mi error, tal vez cambiamos en el momento equivocado.

Un error llevo a otro. Un sonrisa a una lágrima. Las palabras interminables a silencios continuos. La cercanía a la lejanía. La preocupación a la indiferencia. Y sin embargo, ya me ves, acá pensando en todo lo que ha pasado y en lo mucho que te extraño.

Releo todo lo que he escrito, garabatos sin sentido. Y veo que la última frase es la idea central de hacer esta carta: no hago más que extañarte. Y sueño con poder reconstruir lo que teníamos antes de que tratáramos de cambiarlo.

No sé como lo tomarás, no sé incluso si leeras estas palabras. Pero sé que por lo menos lo dije.

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Esto es lo que deja un ratito libre y ponerse a imaginar situaciones y tratar de plasmarlas en palabras...

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